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Los ‘cocineros’ de ladrillos están en Ibarra

 

Con 15 años de experiencia en esta labor, Manuel Andrango señala que inició bajo la tutela de su cuñado. Primero fue ayudante, pasando agua, ceniza o aserrín para mezclar el material. Con el tiempo aprendió a manejar por completo el proceso, pero tenía una pequeña complicación. “La moldada se me dificultaba porque necesitaba rapidez y la mano no estaba amaestrada”, dice.

La práctica continua resolvió el inconveniente y ahora trabaja rápido. No tiene horarios fijos. Mide el tiempo con resultados. “Cuando uno termina sus 600 bloques se puede ir a descansar”. Menciona, eso sí, con ayuda se facilita el proceso. En pareja, por ejemplo, hace con tranquilidad unos 800 o 1.000 bloques al día.

Proceso
Para formar ladrillos, los trabajadores primero amontonan tres tipos de tierra. Una es de sembrío, otra amarilla y barro negro, en una sola masa. Esta mezcolanza la remueven con agua y la repican con el azadón. Para que la mixtura sea efectiva, los obreros pisan el lodo por alrededor de tres horas.

Para Wilson Pupiales esta es la parte más afligida porque se dañan las botas (de caucho), herramientas esenciales del oficio. “Cada dos meses las cambiamos. Estas se desgastan y rompen”.

EL DATO
Los ladrillos son preferidos para la construcción, por su firmeza y durabilidad. Sin embargo, se sigue con el proceso. Con la mezcla en su punto, se la lleva a los moldes, divididos en cinco, donde se da la forma a los ladrillos rectangulares. Los bloques alineados en el piso quedan secándose por tres semanas a la intemperie. En caso de que llueva, se tiene preparado un plástico de protección.

Transcurrido este periodo, se lleva los ladrillos al horno. De 32 a 40 horas se queman con leña. Finalmente, están en la cocina de ocho a 10 días, enfriándose por completo antes de salir a la venta. Cada horno tiene capacidad para 8.000 ladrillos.

Herencia
Desde que era niño, a Pupiales su padre le enseñó los trucos del oficio. No le parecieron difíciles y los aprendió de inmediato. Si bien afirma que “es un trabajo sacrificado”, está satisfecho porque es una actividad honesta. Ahora que tiene su hijo, los roles cambiaron. Es el mentor de su primogénito y le enseña todo lo que debería saber.

De igual manera sucedió con Manuel Andrango. Después de iniciarse en el mundo de los ladrillos de una mano conocida, ahora él también inculca sus enseñanzas a sus herederos. Su primer hijo tiene 18 años y el segundo ocho. Para su progenitor, “ellos están listos para trabajar. Ya saben cómo ganarse la vida”. Esto pone en evidencia que la labor de fabricar ladrillos se hereda y se transmite de generación en generación. (PTEG)

fuente:https://lahora.com.ec

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