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La Pasión de la Virgen María

Porque en la Pasión, que la Semana Santa rememora, hay dos personajes que pagaron con sus propias vidas el precio de nuestra Redención: Cristo, nuestro Salvador y Redentor, que con su purísima sangre, divina y preciosa, lavó nuestros pecados y nos abrió la puerta del Cielo. Y María, la Madre Dolorosa, la corredentora, que por su amor inmenso hacia Jesús, padece su misma Pasión y agonía, y así consumida de dolor, inmersa en el cáliz de la sangre redentora de su Hijo, comparte plenamente el sacrificio salvífico de Jesús. Vivido como sólo la puede vivir una madre, olvidada de sí hasta el límite de las fuerzas humanas.

“Sufre cruelmente con su Hijo único, y se unió a su sacrificio con corazón de Madre»,  cumplimiento de la profecía de Simeón: “Una espada atravesará tu alma”.

La Vía dolorosa es también el camino que María recorre, acompañando y consolando a su Hijo. Su compañía y su consuelo son silentes, Ella camina, junto a su Hijo, presenciando todo el dolor de Cristo. María desde Su lugar, vive la Pasión de su amado Hijo dándole la fuerza y la gracia de su amor.

En el discípulo amado, nos confió Jesús a su cuidado materno: – “Mujer: ahí tienes a tu hijo”. – “Hijo: ahí tienes a tu Madre”.

Cada punzada que le daban a Jesús en el cuerpo, era una espada que traspasaba, espiritualmente, el Corazón de la Virgen: cada golpe, cada azote, cada llaga… eran puñaladas que sufría su Corazón materno, tan tierno y dulce. Aún ahora, glorificada en cuerpo y alma, en el cielo, Ella continúa padeciendo por nosotros, por nuestros pecados: por las ofensas que cometemos contra su Hijo.

 

 

 

 

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