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En Membrillal quedan pocos tejedores de sombreros de paja toquilla

 

En Membrillal, parroquia del cantón manabita Jipijapa, quedan apenas cinco personas que aún tejen sombreros con paja toquilla; ellos mismos recogen de la montaña o la compran y procesan hasta terminar su obra. Todos son adultos mayores.

Elsa Parral, de 82 años, es una de ellas. Pero como ya no es una actividad rentable, solo le dedica unas cuantas horas en la noche, el resto del día recorre con mucha agilidad la tierra donde siembra productos alimenticios. También se dedica a actividades recreacionales como la danza.

Membrillal está a aproximadamente 45 minutos de Portoviejo. Se llega en auto siguiendo la vía La Pila-Jipijapa, en la ruta a Puerto Cayo. La casa de doña Elsa está a unos cinco minutos del centro poblado, por la prolongación de la vía principal que es de tierra. Ella vive en una vivienda de caña guadúa de dos pisos que quedó afectada e inclinada tras el terremoto de abril de 2016. Para que no se caigan las paredes las apuntaló por dentro con maderas.

TRABAJO. En las manos de Elsa Parral, una de sus obras de arte; la terminó en aproximadamente 15 días.
Una pasión
Doña Elsa es de ágil caminar, de contextura delgada y mediana estatura. A pesar de su rostro arrugado demuestra alegría y optimismo. Se caracteriza por ser amable y muy conversadora. Abre las puertas de su casa, donde vive con unas nietas menores de edad, para demostrar su arte.

Mientras conversa en un espacio de su casa que hace de sala-comedor, donde recibe las visitas, saca inmediatamente su tejido y entre pregunta y respuesta fija su mirada en su labor que la va avanzando de a poco.

Cuenta que ahora termina un sombrero en aproximadamente 15 días, porque no le dedica todo el tiempo, pero antes ofrecía dos a la semana. Al ser consultada sobre si la posición que adopta su cuerpo para tejer ha afectado a su salud, dice que no, porque es muy activa y siempre le gusta “hacer oficio”. “Hago de todo. Si me acostara a dormir y pasara solo encerrada en casa me engordaría y enfermaría. A mí me gusta trabajar”, manifiesta con mucha seguridad.

“Mi papá era ‘tejendero’ y él nos enseñó”. De cinco hermanos solo dos siguieron el oficio y ella aprendió a los 8 años a buscar, esquilar, cocinar y picar la paja. Tejía en los dos mazos que le regaló su progenitor y los sombreros que tejía los vendía en 20 sucres en Puerto Cayo, donde los adquirían al por mayor.

“Mi papá nos entregó el proceso completo para que cuando fuéramos jóvenes y formemos un hogar tuviéramos una actividad para defendernos y poder vivir”. Anteriormente, las familias del Membrillal vivían del tejido de sombreros; en el día se alumbraban con la luz del sol y en la noche con velas de cera que se colocaban sobre “un perol”.

Habilidad. Elsa Parral procesa y seca la paja toquilla en el patio de su casa.
Falta de interés
Elsa Parral no se queda quieta, siempre busca algo que hacer y aunque aún es pobre, como ella misma lo dice, aduce que no le falta alimento porque lo obtiene de su huerto orgánico donde hay yuca, maíz, hierbas, cebollas, choclo. Y con los sombreros complementa sus ingresos.

Pero ninguno de sus seis hijos aprendió a tejer estos atuendos.

Por su decisión y la de su esposo, los enviaron a Guayaquil para que estudiaran y la mayoría se estableció en esa ciudad. “A mis hijos y mis nietos les agradó más el estudio”, afirmó.

“Ahorita somos ralitos”, dice al referirse a los contados tejedores, entre quienes se encuentran ella y su hermano. Y a pesar de tener toda la intención de enseñar esta tradición, no ha encontrado el interés en la juventud. Siente que los chicos no ven esta actividad como rentable

Doris Barcia, presidenta de la junta parroquial de Membrillal, señala que hace algunos años cada familia se dedicaba a la confección del sombrero de paja toquilla, porque era su principal ingreso económico. Muchos de esos sombreros fueron llevados hasta Panamá para venderlos como obras finas. (CM)

fuente:https://lahora.com.ec/

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