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El lenguaje del montuvio: la riqueza está en la palabra

 

Escuchar de la boca de un montuvio palabras como pocillo (taza) o boyero (látigo), no es nada extraño, ya que forman parte de su peculiar manera de comunicarse con los demás.

El montuvio es una mezcla de costumbres con una gran variedad de palabras que los distinguen y los definen.

Son orgullosos de sus raíces y se resisten a cambiarlas, al menos eso piensan quienes nacieron dentro del campo y que para sobrevivir labran la tierra día a día.

Características
Aunque en el hogar montuvio el hombre tiene una presencia ruda y fuerte, la verdad es que todo gira en torno a la madre y es ella la que lleva el ‘zapan’ (especie de cinturón hecho con restos de plátano) en los pantalones.
Así lo asegura Elsa Rizzo, habitante del recinto La Cadena, perteneciente al cantón Valencia, quien cuenta que lleva las riendas (la dirección) del hogar.

Recuerda que durante su niñez ella aprendió sobre rectitud y buenos modales gracias a las miradas de su madre. “Esas miradas eran matadoras y si no entendíamos, cuando se iba la visita nos caía a boyerazo (latigazos)”. Eso le ha servido para guiar a sus hijos y que no se vuelvan ‘cuerudos’ (desobedientes), asegura Rizzo.

Cuando se le pregunta sobre la manera peculiar de decir los nombres de las cosas explica que es imposible que ella logre diferenciar sus palabras “pero si alguien me escucha lo podrá hacer”, recalcando que esa es su esencia. Para Rebeca, hermana de Elsa, el haber crecido en el campo les da una ventaja pues han logrado conservar su ingenuidad mezclada con humildad que los diferencia de todo lo que tiene el mundo actual.

“Cuando vamos a la ciudad existen palabras que las otras personas dicen y no las entendemos, entonces ellos nos parecen extraños y hasta en algún momento irrespetuosos”, comenta Rebeca.

Hablantes
Para Fermín Ayala, quien nació en 1941, en el cantón Santa Lucía de la provincia del Guayas, su lenguaje es único, inconfundible, pero reconoce que es llamativo; no obstante, dice que es digno de conservar. “Nosotros no nos avergonzamos cuando alguien se ríe de las cosas que decimos, pues somos un referente de nuestra cultura”, enfatiza. Al igual que él, Enrique Pinargote expresó que ‘más antes’ tenían otras tradiciones que obligadamente las han cambiado debido al desarrollo de las sociedades especialmente de las zonas urbanas. Mientras que para el quevedeño Julio Villamar, de 74 años, es mejor morir con su idioma bragao (bravío y testarudo) que adoptar nuevas costumbres. (DLH)

fuente:lahora

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