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Achic Pacaricamac, el violinista que entona melodías andinas

 

El camino empedrado, el de tierra y los chaquiñanes hacen desvanecer todo el concepto que tiene la urbe. No hay más que silencio durante el andar, solo se escucha los ladridos de los perros y el croar de uno que otro sapo. En este lugar la época de invierno seguramente se siente con mayor intensidad. Pasados unos minutos la temperatura corporal hará castañear los dientes y recoger los brazos fuerte e intensamente, pero sin duda alguna es aquí donde también se construyen sueños abrigados por la fuerza del corazón.

En este sitio, uno de los barrios de Misquilli (en los páramos del sur de Ambato), vive un personaje, Achic Pacaricamac Sisa, de 25 años. En su casa se siente en su mundo, donde la música toma sentido y donde sus emociones se conectan libremente para ser transmitidas a través de los instrumentos.

En su hogar hay una estantería gigante con libros de ciencia y música, artefactos musicales andinos, cuadros un poco extraños, fotografías blanco y negro, entre otras cosas. Él guía cronológicamente su relato con una minibiografía de sí mismo.

Se trata de un joven de 25 años que tiene el sueño de romper barreras a través de la música indígena. TUNGURAHUA
Un inicio difícil
De la niñez y la adolescencia el mejor recuerdo es ‘Huyaric Sisa’, el grupo de su padre, con quienes daría sus primeros pasos en la música andina y con lo cual nace el sueño de convertirse en un gran violinista.

En reiteradas ocasiones también habla de la discriminación a la gente indígena, situación que durante su paso por la escuela y el colegio tuvo que vivir. “Llegué llorando a la casa, habían mirado de una forma despectiva mis manos, mi rostro y mi cabello largo. Definitivamente no tenía aptitudes para tocar un instrumento muy prestigioso en el colegio, fue lo que dijeron. Me sentí muy triste, pero yo estaba enamorado”, cuenta Achic.

EL DATO
‘Sisamy’ es el grupo de música que dirige Achic Pacaricamac. Mira a la nada, piensa todo lo que dice, recuerda su instancia en el conservatorio, es como que quisiera olvidar ese pasado que le marca.

La migración del campo a la ciudad para poder estudiar música le trajo dificultades. Frunce el ceño, su mirada intenta ocultarse, como si tuviese vergüenza, baja el tono de la voz. “Dijeron que mis manos eran del campo, que no podía tocar el violín”.

Rápidamente sonríe, su rostro toma nuevamente una actitud tranquila y su espíritu vuelve a tomar impulso. “¡Fue una fortaleza!”, menciona. “Soy docente en la Escuela de Música Andina Salasaka, enseño a tocar el violín y otros instrumentos andinos”. Además, lidera a escala local y nacional proyectos culturales indígenas con la Casa de la Cultura y otras instituciones.

fuente:https://lahora.com.ec/

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